sábado, 18 de mayo de 2013

PIENSA EN ADEN




Genial prócer. Te presento a una criatura de apenas dos añitos que sospecho que está a punto de dejarnos. Se llama Aden; su nombre no te dirá gran cosa. Viendo su foto, la que tienes aquí al lado, ni siquiera sabrás si es niño o niña. Bueno, pues te lo aclaro: es una niña. Se apellida Salaad y, como te decía antes, parece disponerse a morir de desnutrición, lo cual probablemente no haga falta que yo te lo diga: salta a la vista su cuerpecito enclenque, el costillar exánime, los bracitos mínimos. Aden vive en Somalia, oculto rincón del globo abatido por desgracias sin fin, cuyos habitantes se preparan para ser devorados por la nueva hambruna que les amenaza, un tormento más en su precaria existencia.
Verás. Aden está metida en un maltrecho barreño, donde aguanta con una mirada magnética, enternecedora, a ser retratada. La imagen es en verdad conmovedora, pero sin quitarle mérito a su autora (Rebecca Blackwell, de la agencia AP) lo cierto es que hasta el peor fotógrafo del mundo haría maravillas con este material: ya sabes que la desgracia es muy fotogénica. Así que ahí tienes a Aden, aguardando a la guadaña, sin esperanza de sobrevivir porque para que tal milagro sucediera debieran darse una serie de proezas que yo ahora mismo descarto. El primer prodigio es que sus avatares nos importaran algo, cosa que no va a suceder; como te tengo contado, por el mundo llamado civilizado las andanzas de los desheredados de la fortuna nos traen sin cuidado, de modo que no solo podemos vivir perfectamente de espaldas a la realidad que no nos interese, sino que gracias precisamente a nuestra indiferencia se escribe la historia del mundo, que es pendular: para que a unos nos vaya (más o menos) bien, es necesario al parecer que a otros les vaya mal. O muy mal.
Y entre estos últimos desgraciados figura la pobrecita Aden Salaad, cuya imagen brotó en mi ordenador gracias a la perspicacia de un colega que me dio aviso. Ese mismo día la pantalla vomitaba otra imagen: la de un senador que celebró el fin del periodo de sesiones (se ve que hay quien celebra eso tan raro) invitando a una marisquería a su hijo, a quien luego acompañó a una sauna, eufemismo que usamos para denominar al puticlub de toda la vida, y acabaron en comisaría. Pero ese día yo solo tenía ojos para Aden; ni siquiera la irrupción en el monitor del despechado presidente valenciano a quien le regalaban trajes los miembros de una red corrupta y decía adiós como quien te perdona la vida impidió que me dirigiera al banco más cercano y depositara mi humilde aportación. Si quieres seguir mi ejemplo, aquí tienes una cuenta del BBVA a nombre de Unicef: 0182-2370-40-0208517159. Y un consejo: piensa en Aden mientras ingresas tu dinero. Cuando notes a tu alrededor tanto derroche, piensa también en ella. Y cuando veas tantas noticias prescindibles, tanta basura y tanta bobada, piensa por favor en Aden Salaad y despídete de ella.

ANA :D

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